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El miedo, cuando los monstruos salen del armario

miedos patológicos en la etapa infantil

El miedo es universal, está omnipresente desde tiempos inmemoriales en toda clase de culturas. El miedo nos ofrece un importante valor a los seres humanos. La adaptabilidad a las situaciones que confrontamos a lo largo de la historia han representado un salto cualificativo de gran importancia. El descubrimiento del fuego seguramente supuso en su momento un elemento que infundía miedo a los miembros de la tribu. Con posterioridad los valores cambiaron y la adaptación del ser humano permitió que el fuego transmitiera seguridad y tranquilidad para todos e incluso que obstaculizara el efecto de otros miedos ancestrales como el miedo a la oscuridad.

El miedo en los niños

De aquellos esbozos racionales aún quedan vestigios en el cerebro infantil. La enorme plasticidad del cerebro en edades tempranas les permite adquirir, a base de experiencias, un aprendizaje básico que irá formando su carácter, escala de valores y le ayudara a separar la realidad de sus mundos imaginarios.

Sin embargo es habitual que en el trascurso de sus primeros años de vida el miedo haga acto de aparición. Entre los 3 y los 6 años la barrera que separa lo real de lo imaginario aún es tenue. A veces  un acto, en el mundo real, considerado por los adultos sin importancia es visto por los ojos infantes como una agresión de la que no puede escapar si no es a través del llanto. De allí pasa directamente a formar parte de sus miedos exacerbados.

El miedo a la oscuridad, el sentimiento de soledad, el abandono, el desapego a un peluche o juguete son causa/efecto de esos miedos infantiles que por contra y a medida que avanza la madurez psicológica de los niños y niñas la predisposición natural será que los miedos desaparezcan progresivamente.

Miedos, fobias y ansiedad

Cuando la frecuencia de los episodios así como su intensidad producen en los menores unos estados de incapacidad y sufrimiento podemos estar hablando de patologías relacionadas. Los miedos patológicos, fobias o episodios de ansiedad son señales de alarma que los progenitores muy habitualmente no conocen como gestionar de manera positiva. Cualquier señal exacerbada de miedo que se reproduce de forma continuada debería ser puesta en conocimiento de pediatras o médicos especialistas puesto que puede ser una clara señal de situaciones de maltrato o abuso en alguna de las esferas de relación de su hijo o hija.

El miedo no deja de ser una emoción que sentimos cuando estamos en peligro. En los niños lo que sucede es que esa permeable barrera que separa el mundo real del onírico les hace trasladar a otros momentos de la jornada y es durante el sueño cuando de nuevo se reviven los episodios vividos incluso con mayor intensidad que cuando sucedieron realmente.

Las fobias son miedos sobre los que no actúa ninguna causa objetiva. Son miedos irracionales cuando la situación o los posibles elementos que infunden miedo (animales, personas extrañas, tormentas, truenos, etc.) no se han producido o no hay ninguna posibilidad de que sucedan. Un ejemplo muy claro en los niños de fobia es el miedo a los perros, a pesar de que el perro este atado o sujeto a su dueño o que el niño este acompañado de sus padres este muestra de forma incontrolada un miedo irracional que puede ir acompañado de llanto y de búsqueda de protección.

La ansiedad causada por el miedo podríamos resumirla en el “temor a sentir miedo”. En este estado de alerta el niño puede llegar a adoptar una postura de bloqueo, tartamudez, voz temblorosa, movimientos involuntarios o muecas faciales que retroalimentan el miedo en el niño creando un peligroso círculo vicioso.

El miedo a partir de los 6 años

Desde los seis años hasta la adolescencia los niños y niñas también suelen sufrir ataques de miedo. En estos casos y a no ser que con anterioridad se halla sufrido algún tipo de patología las causas guardan relación con el mundo real. Así los miedos objetivos provendrán de:

  • el temor al fracaso escolar
  • la relación con compañeros agresivos (bullying)
  • a los tratamientos médicos que impliquen la curación de heridas, inyecciones, sangre, etc.
  • al daño físico
  • al ambiente familiar, las discusiones o la hostilidad manifiesta, las agresiones físicas entre los progenitores o hacia el menor, las amenazas verbales de los adultos
  • a la crítica, el fracaso o el rechazo por sus compañeros
  • al cambio incontrolado de imagen (los efectos del crecimiento y la pubertad)

¿A que hay que tener miedo?

Dejar que los niños se enfrenten a solas con sus “mostruos” puede no ser la decisión correcta.

Decíamos al principio que el miedo aporta valores al ser humano. Confianza, seguridad, fortaleza rasgos que serán más o menos influyentes en los comportamientos como individuo en la sociedad. Sin embargo nunca habría que desdeñar el miedo como una señal de alarma que nos permite estar en alerta ante situaciones que pueden poner en riesgo nuestra vida o la de otros. Los terrores nocturnos podrán ser manifestaciones a miedos oníricos pero también pueden ser la válvula de escape de situaciones que precisan de nuestra atención.

Si creemos que los ataques de pánico, la fobia “injustificada” o los ataques de ansiedad no se corresponden con la edad de nuestro hijo o los episodios se vuelven críticos el mejor consejo es acudir a un médico especialista que pueda evaluar mediante diagnostico las causas del miedo patológico infantil.

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